Pero empecemos por el principio.
Mi vínculo con esta especialidad empezó antes de recibirme. Mientras estudiaba psicología, hice una formación en acompañamiento terapéutico y presenté como trabajo final una propuesta sobre el rol del acompañante terapéutico en situaciones de catástrofe. Era, en el fondo, una pregunta que me hacía: ¿qué pasa con las personas que intervienen cuando todo se derrumba? ¿Quién las acompaña a ellas?
Ese trabajo lo presenté en dos congresos nacionales de acompañamiento terapéutico, en San Juan y en Córdoba, representando a la institución donde me formé. El segundo ponía el foco en la intervención con niños y adolescentes en situaciones de catástrofe. Ahí entendí que esta área me interpelaba de verdad.
Desde entonces no paré de formarme.
A lo largo de los años construí una formación sólida, combinando referentes nacionales e internacionales:
Estudié con una de las referentes más importantes en Argentina en esta área, creadora de la Red PAE (Primeros Auxilios Emocionales).
Completé el curso de Primeros Auxilios Psicológicos de la Universidad Autónoma de Barcelona a través de Coursera.
Fui becada por el Colegio de Psicólogos de mi provincia para realizar una formación específica sobre primeros cuidados emocionales en situaciones de crisis y emergencias dictada por FEPRA (Federación de Psicólogos de la República Argentina).
Complementé mi desarrollo académico con cursos de actualización de la OMS (Organización Mundial de la Salud) y la OPS (Organización Panamericana de la Salud).
Pero la formación no fue solo académica. Formé parte de la Comisión de Intervención en Crisis del Colegio de Psicólogos de mi provincia, donde además de intervenciones de campo, desarrollamos protocolos de intervención durante la pandemia por COVID-19 y recursos de derivación para situaciones de crisis. También integré GPR (Gestión Psicosocial del Riesgo), una agrupación de la Universidad Nacional de Córdoba que realiza intervención en crisis en terreno, como la asistencia a evacuados por los incendios en las Sierras de Córdoba.
Creé y fui parte del cuerpo auxiliar del cuartel de bomberos voluntarios de mi ciudad. Diseñé el documento base que definió qué es ese cuerpo, cuáles son los roles de los profesionales que lo integran y cómo funciona. Desde ese espacio brindé asesorías institucionales, formaciones en psicología de la emergencia, intervenciones de campo en accidentes y siniestros, defusings y debriefings al cuerpo activo, y proyectos de autocuidado y simulacros para instructores.
Esa experiencia me enseñó cosas que ningún libro puede enseñar.
A partir de ese trabajo, otros cuarteles me fueron convocando para formaciones, intervenciones y asesorías.
Hay algo que me resulta difícil de explicar del todo, pero que siento con mucha claridad: conozco de cerca lo que se siente cuando todo se detiene de golpe. Esa experiencia me dio una perspectiva que no viene de los libros, y que cambió para siempre cómo entiendo el trabajo de quienes intervienen en esos momentos.
Desde mi práctica clínica en psicoterapia cognitivo conductual, escuché una y otra vez las mismas historias: médicos, bomberos, voluntarios que se enfrentaban a situaciones límite sin herramientas para procesarlas. Que volvían a casa con algo que no sabían cómo nombrar. Que seguían adelante porque era su vocación, pero cargando un peso que nadie les había preparado para sostener.
Y desde el trabajo de campo, fui viendo el otro lado: lo que ocurre cuando sí hay herramientas. Un bombero que aplica una técnica aprendida en formación y logra contener a una víctima en los peores minutos. Una persona que, en medio del caos, siente que alguien la ve y la acompaña. Esos momentos confirman, cada vez, que este trabajo tiene un impacto real y concreto en la vida de las personas.
Elegí especializarme en esto porque vi lo que pasa cuando nadie sostiene emocionalmente a quienes están en crisis.
Pero también porque vi lo que pasa cuando nadie sostiene a los que sostienen.
Y porque cuando formo a quienes ayudan, mis conocimientos, y por lo tanto mi ayuda, llega a muchas más personas. Esa idea me mueve todos los días.
Combino formación específica en psicología de la emergencia con experiencia real de campo. No enseño lo que leí: enseño lo que también hago. Las herramientas que enseño están pensadas para usarse en escena, bajo presión.
Mi experiencia como psicóloga organizacional me da una mirada para entender cómo funcionan las instituciones, diagnosticar sus necesidades reales y acompañar cambios que sean sostenibles.
Me siento cómoda trabajando con líderes, y liderando también. Me gusta la escucha genuina, y encontrar la forma de que algo complejo se vuelva claro y aplicable.
La psicología de la emergencia es una especialidad joven en el mundo hispanohablante, y en Argentina son todavía pocos los profesionales que la ejercen con formación sólida y experiencia real de campo combinadas.
Eso no es una queja: es una oportunidad. Y es también una responsabilidad.
Estoy construyendo una marca de formación y asesoramiento que quiero que sea referencia en esta área para equipos e instituciones de habla hispana. No porque sea una meta abstracta, sino porque sé que hay una brecha real, que tengo las herramientas para achicarla, y que cada equipo bien formado protege a más personas.
Esto lleva tiempo. Y está bien así.
Mi trabajo es acompañarte para que puedas seguir haciéndolo: con más herramientas, más claridad y sin descuidarte a vos mismo en el camino.
Cuando quieras, hablamos.